Mirarle

por Deddie Almodóvar Ojeda

Tanto que me gustan los ojos y tan pendeja que soy por no atreverme a mirarlos de frente. Qué bellas son las iris con todas sus montañas de colores, de texturas, de combinaciones. Qué bellas las curvas rojas que rodean la bola blanca que aguanta las ventanas. Ventanas… los ojos dicen y no dicen nada. Son hoyos negros que a veces hablan, siempre hablan, pero nunca dejan claro que contestan. Hay ojos vacíos. Hay ojos con miedo, con celos, con rabia, con lágrimas, con sequía, con suciedad, con un grano de arena, con enfermedades. Hay ojos que quisieran poder decir algo, pero no ven. Hay otros que desean vivir y/o morir. ¿Por cuántas razones querrán ojos no volver a ver? Los ojos perciben y ayudan a crear recuerdos. Si dejamos de ver, ¿podríamos soportar seguir viendo aún en nuestra mente todo aquello que vimos y ya no querremos volver a ver? ¿No será mejor tenerlos siempre abiertos para ver si en algún momento alguien cambia el momento y así, solo así tener una imagen de algo diferente?

Sus ojos eran negros, profundos, medio vacíos, abiertos, pendientes, neutrales-no-neutrales, silenciosos, en movimiento, quietos, hablantes-mudos. Sus ojos… Qué difícil era leerle sus ojos.

Siempre me han gustado los ojos de la gente. Me parecen interesantes. Son como las huellas digitales, únicas. Los ojos dicen y no dicen. Eso creo yo. Estudio en un conservatorio de artes y no hay cosa que más me encante que hablarle a la gente mirándole a los ojos; pues en ellos se les ven colores salir. Atmósferas invisibles y visibles. Me encanta hablar con los artistas mirándole a los ojos. Pero mirarle a él era un poco fuerte, ¿sabes? De veras me confundía su (no)mirada. Una vez pude ver cómo buscaba esa palabra que de veras quería y no quería decir. Curioso, fue la última vez que lo vi.

Ese momento fue «bello». Entrecomillas porque me encantó que por fin sentía y veía cómo su mirada perseguía un pensamiento. Pero entrecomillas porque no sabía si quería escuchar lo que dijera su mirada; que desde luego «bello» porque por fin lo pudo apalabrar. Solo cuando se habla se tiene mejor idea de qué queremos y sentimos.

Su mirada, aunque no lo creas me comunicaba algunas cosas. (Creo yo). Lo digo porque de veras nos comunicábamos más con las miradas que con las palabras. Pasábamos mucho tiempo en silencio. Aunque hablábamos con cojones. Pero cuando digo en silencio es porque en muchas ocasiones le hablé sin mirarle a los ojos. En verdad le tenía miedo. No a él, bueno tal vez un poco. No quería enterarme de lo que sus ojos en realidad me querían decir. Mis párpados se aliaban de vez en cuando (la mayoría de las veces) a mis sentimientos, y por eso cerraban antes de que las cuatro pupilas conversaran lo que sentían:

— Incómodo.

— ¿Quieres hablar de eso?

— ¿No lo notas?

— No.

— ¿En serio quieres escucharlo?

Después de eso le dije que sí, pero no me contestó. Me dijo otra cosa. Aunque no sé si eso era lo que no quería que yo escuchara.

¡Qué pendejos somos! Soy. Eres. Ninguno quería sentirse herido de herir a alguien.  Si al evitar herir a alguien no le dices que te sientes incómodo, ya lo estás haciendo. Te hieres a ti pues se crea la mentira. A no palabras. A miradas esquivadas. No una mentira real, convertida y dicha. Pero por fluir y no decir, también mentimos y herimos.

El problema está en que ambos sabemos y no sabemos lo que queremos y buscamos. Sabemos que no queremos una relación (cuando todo en la vida tiene relación). Sabemos que lo que no queremos es encajonarnos en la jodida palabra de «pareja-noviazgo»; pero también sabíamos que no queríamos que el otro se (vaya/quede). Miradas confundidas. Miradas aún confundidas. Miradas que no se ven, pero recuerdan y siguen confundidas.

Creo en el movimiento. Como el que se encuentra en todos los elementos. Para vivir hay que moverse, y no queremos movernos para encontrarnos de nuevo con la soledad que ya nos toca y duerme en nuestra cama. Pero entonces ¿por qué nos da miedo encontrarnos con la soledad si ya vive con nosotros? ¿Por qué no darnos la oportunidad de amar-amarnos a otras-muchas personas? ¿Por qué no mirarnos a los ojos con honestidad? ¿A qué carajo le tenemos miedo? ¿A sentirnos queridos y luego rechazados?

Llevábamos mucho tiempo descarrilados por los ojos de otro. Nos desesperamos cuando esos se fueron con otros ojos diferentes a los nuestros. Sé que no queremos encontrar otros ojos iguales a esos porque sabemos que nos duelen las despedidas, aunque digamos que las aceptamos porque son necesarias. Creemos en el movimiento y lo respetamos cuando se da. Ese también es un problema. No queremos atar o mínimo defender lo que queremos que sea nuestro, pero ¿quiénes somos nosotros para aguantar a alguien si ese alguien quiere vivir y moverse?

-No quiero estar en una relación.

-Lo sé. Yo tampoco busco una.

Entonces sus ojos se calmaron y los míos ya no quisieron volver a verlos más.

No sé si le mentí. Tampoco sé si él también estaba ocultando algo. No sé si nos dijimos la verdad, pero por lo menos apalabró lo que sentía. En cuanto a lo que yo sentí pues… no importa ya. Sigo creyendo en el movimiento. En el movimiento de los párpados que nos ponen fronteras a las ventanas. Esas ventadas… Las que seguimos cerrando por miedo a no sé qué. Me pregunto si será mejor tenerlos siempre abiertos para ver si en algún momento alguien cambia el momento y así, solo así tener una imagen de algo diferente.

Esa fue la última vez que lo vi.

 

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