Momento en Amsterdam

por Deddie Almodóvar Ojeda

Dedicada a la memoria de Juan Gabriel y sus hermosas letras. (Y a Spotify por tenerlo en mi lista).


 

Debí haberle invitado una cerveza. El muchacho que se me acercó en la estación del metro en Amsterdam estaba bueno. Nos encontrábamos en las mismas. Yo sentada en un banquito sola, hace más de dos horas esperando por mis primos para poder tomar el tren hacia el aeropuerto y volar hasta Berlín; y él esperando hace dos horas por sus amigos para poder beber en una barra por la Zona. No llegaban. No llegaron. Perdí mi vuelo. El chico con el que estaba chocando miradas hacía un rato se me acercó. No recuerdo bien de qué país era. No sé si noruego, o de los países centrales de Europa; pero sí hablaba con acento raro el inglés. Raro porque casi no entendía nada, pero pensé que peor era comprenderme a mí que le hablaba con el acento del español.

Vino a preguntarme por la hora. Claro, la excusa perfecta para hablar después de estar por una eternidad viéndonos sin haber dicho o pensado en el tiempo pasado y presente. En el tiempo perdido y/o no sistematizado, contado por el mismo tiempo que pasaba por entre medio de nuestras miradas. Nos hallábamos en el mismo lugar, nos atraíamos y no llegaba nadie por nosotros.

Así que de la hora y el tiempo fue de lo menos que hablamos. En otras palabras el tiempo es una buena excusa para empezar una conversación, pero no para detenerse en ella. Hay que aprovechar que nos podemos mover por las horas mientras vivimos dentro de un presente inmediato. Eso era lo que importaba. ¿Qué podía afectarnos la diferencia de sonidos si solo queríamos estar cerca el uno del otro? Tal vez era un encuentro de la vida. No quiero pensar en cosas astrales y cósmicas, pero aunque no hubo cervezas de por medio, fue un momento interesante.

Hablamos normal. Me contó que esperaba encontrarse con sus mejores amigos. Que hacía mucho tiempo que no los veía. Todos se habían mudado alrededor del continente para estudiar lo que querían, y habían inventado esta cita para volver a verse. No sé si luego se encontraron (espero que sí), pero por lo menos nosotros sí. Sin haberlo planificado. Después, pensando yo acá, sería cool como decir que un día me voy a encontrar por Italia visitando a una amiga, y que al otro día estaría por España para una cita médica; etcétera, etcétera. Moverme de un lado a otro sin fronteras naturales e inventadas por los hombres. Recorrer el mundo. Pero ajá este no es el momento para hablar sobre mi utopía, sino de otra realidad.

El muchacho estaba bien bueno. Me lo hubiera llevado para una esquina. Desmontarlo y montarlo. Estábamos en Amsterdam, todo estaba permitido; o por lo menos para nosotros que no éramos de allí. ¿Qué maravilla, no? El punto es que no me atreví ni siquiera a invitarle una cerveza. Esa pudo haber sido la manera más obvia para decirle que era el momento de salir de esta espera interminable, y dejarnos ser sin tener que esperar por otro. (Lo mismo que pienso de la situación colonial de mi país). Pero el problema estaba que aunque los dos queríamos hacerlo; el temor de que nuestros amigos llegaran, y luego no nos encontraran pesó más.

No sé si se puede decir que perdimos la oportunidad, o si hicimos lo correcto; pero por lo menos se atrevió a preguntarme la hora, y yo ha hablarle aunque no supiera muy bien lo que decía. Conseguimos un segundo dentro en la no eternidad.

Se cumple un año desde entonces. No, no lo he vuelto a ver. No tomé su número de teléfono, ni su Facebook. Nunca se me ocurrió. Pero me pongo a pensar si debí haberle invitado esa cerveza. ¿Cuánto pudimos habernos conocido? Él ya había separado el tiempo para encontrarse con alguien y beber. Yo había perdido mi avión y no era hasta la mañana siguiente que podía visitar a Alemania. Nos despedimos. Deseando que cada uno encontrara lo que buscaba. No sé si nuestros amigos era lo que realmente queríamos hallar, pero eso pasó.

A veces queremos encontrar una pausa dentro de nuestras vidas, ya sea para tomar una cerveza con un extraño, visitar un museo, fumar, vivir; pero hay que darse cuenta de los momentos cuando están y decidir. Tal vez ese era el momento, o la experiencia para darme cuenta que existen holas y adioses reales. Sin probabilidad de ser repetidos dentro de este mundo. Lo que sí es que no le di la oportunidad a que fuera otra cosa; pero esa fue la realidad escogida.

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