He cometido un asesinato

por Deddie Almodóvar Ojeda

Se preguntarán por qué lo hice. ¿Cuáles fueron mis intensiones? ¿Por qué un cuadro tan feo? ¿Por qué esos colores? ¿Por qué esa persona? ¿Por qué matar a alguien que ya está muerto? Pues fácil, de vez en cuando hay que arrancar de raíz a aquel que te mata poco a poco; y por eso comienzo diciendo que en un día como ayer nació el pintor Jackson Pollock. Eso me inspiró a cometer tales actos. Así que antes de comenzar mi confesión, dedico estos actos protocolares, por aquello de hacerlo más académico o formal, a él. Felicidades Pollock, y gracias.

Esa tarde no aguanté más y tuve que dejar lo que estaba haciendo para ir en busca de mi arma favorita y matarlo. No podía más. Me comía por dentro. Disfruté tanto el jugar con sus colores en mis manos que terminé haciendo un desastre en la sala. Su sangre color azul y amarilla al final se mezcló; como el cuadro que dijo se convertiría en mi favorito.

Tomé un canvas. El último que me quedaba en el closet. Mi ira simplemente subió porque el tamaño del mismo no era el que me hubiese gustado trabajar, pero pues… cuando no hay otra opción, lo mejor es matarlo como venga. Aunque cuando uno comete un asesinato debe hacerlo en un espacio que le guste, ¿sabes? Porque sino se te quedarán residuos de odio en el interior y no queremos eso. Los asesinatos deben ser agradables. Para eso los cometemos. Para ser felices. Pero ajá ese no fue mi caso. El punto es que tomé el canvas y empecé a tirarle pintura.

Cuando digo tirarle pintura me refiero al estilo de Pollock.  Así como si la sangre hubiese salpicado en la pared. Así como si los miembros se hubieran desgarrado y volado hasta llegar al otro lado del salón… Ahhh… Qué sensación. Qué forma de hacer arte. Violento, ¿no? Sí, tal vez un poco. Pero es necesario.

Lo hice porque me aburrió. Lo hice porque me cansé de sus remolinos. Eran tan constantes y pesados. Eran infinitos. Sus pinceladas eran… perfectas. Parecían estar siempre en movimiento. Lucían como el agua bajo los puentes de Praga o el lago frío de Central Park. Destellos de luz que al final me agobiaban por su constante movimiento. Es que eran, son perfectos.

Lo hice porque no quería mentirme más. Estaba muerto ya, pero en mi interior seguía respirando. Seguía insistiendo en que comprara más girasoles… Ay… Seguir respirando girasoles, seguir admirando girasoles, seguir comiendo girasoles, seguir arrancando girasoles, seguir espantando girasoles, seguir pintando girasoles, seguir besando… No, no quería seguir mintiéndome. Por eso te arranqué desde mi más cálido rincón apasionado y grité. Lloré. Te rompí. Te maté.

Ayer le abrí la boca a Vincent y lo ahogué con pintura. Pintura azul y amarilla. El canvas lo aguantó todo. Un espacio pequeño para un gran pintor. Lo regué. No podía dejar evidencia de lo cometido. ¿Qué dirían de mí? Ya no tiene el estilo de action paiting que tuvo al principio, pero es que tenía que saborear con mis dedos el rico sentido de su sangre pigmentada en sus tonos constantes.

La escena del crimen tiene la noche, el brillo de las estrellas, los sonidos de su último quejido, una oreja pintada de amarillo, unas armas que confunden, y un poco de tape. Tape para que no se escape. Para que se quede pegado en el fondo de su oscuridad y no vuelva a levantarse hasta que el último girasol caiga.

¿Por qué un cuadro tan feo? ¿Por qué esos colores? Es simplemente una mezcla de lo que llevo dentro. De lo que llevé dentro. De lo que ya no quería llevar dentro. Gracias Pollock por inspirarme a matar a mi pasado pintor favorito, y creador de lastimosas lágrimas.

Hasta un próximo museo mi querido pelirrojo. Pues como ya te habrás enterado no te asesiné como hubiese querido que fuera.

 

 

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foto y arte por Deddie Almodóvar Ojeda

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