¿Qué calma este caos?

por Deddie Almodóvar Ojeda

Una guagua* llena de cuerpos cansados, ilusionados, dormidos, hambrientos, tristes, felices, ansiosos, avergonzados, molestos, pensativos, aburridos; está de camino a Venecia. Su interior es frío, así mantiene sus víctimas tranquilas; mientras ella quema sus articulaciones en la brea bajo el sol seco y picante. Lo hace con mucho orgullo, pues todos los días viaja de Milán a Venecia con sus filas llenas de vida. Sólo así se siente productiva.

Ese día mientras pasaba por los valles de girasoles le suena una tripa. Un sonido ensordecedor. Parecía el llanto de un bebé. Mientras más se acercaba a su destino, la criatura gritaba y gemía más fuerte.

Esto es un problema grave para la guagua ya que reconoce que sus nuevos tripulantes pueden comenzar a incomodarse y dejarle malas críticas a su jefe. Pero no sabía qué hacer. De pronto se le ocurre cambiar (mínimamente) la ruta. Ahora pasaría más cerca de los paisajes más hermosos de Italia. Se probaría a sí misma que podía calmar al niño y provocar que las personas tuvieran sentimientos más agradables; pero:

— ¡Ahhh!

— ¡Ahhh!

— ¡Ahhh!

La gente empezaba a murmurar. La guagua sudaba de vergüenza. El niño se ahogaba en sus propias lágrimas… [   ]. Silencio sepulcral. ¿Qué calma este caos? Claro, cómo no lo pudo haber pensado antes.

La suave y delicada caricia de la mano de seda de su madre. Que rozando su piel de algodón con olor a dulzura, le sonríe y le dice te amo. Sólo el verdadero amor podía calmar la profunda agonía de este niño.

«Es justo lo que necesito», pensó la chica que estaba sentada justo al lado de la madre consoladora.

La joven había comprendió la metáfora: el llanto sordo de su interior sólo podía ser callado con amor. Sin embargo de donde regresaba el amor lo había perdido. Su amada ya había conocido a alguien más. Pero el sutil acto de la madre logró que creciera de nuevo en su interior la esperanza de ser consolada. Se secó las lágrimas, respiró profundo y siguió admirando los ricos paisajes que la vida le regalaba.

La guagua al sentir que todo ya se había controlado, continuó su trayectoria hacia Venecia. Sólo con una excepción: el cambio de ruta no sólo le había servido al niño, a la chica y a los nuevos tripulantes; sino que a ella también. Recorrer por esas viejas rutas le hizo recordar el por qué había escogido esa profesión: Italia le había enamorado con sus montañas y riachuelos escondidos…

Y pensar que el mundo de varios seres cambia con el simple sonido de una tripa.


* Guagua: autobús.

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