Sólo por saber

por Deddie Almodóvar Ojeda

Hace justo una semana me gradué de la universidad, y como no había podido ver mis antiguas amistades, se me ocurrió la idea de regresar a visitarlas. Al llegar decido tomar la tarde para caminar por el pueblo y recordar las travesuras que hacía de niño por esas estrechas avenidas.

Cuando me dirigía por el callejón del Conejo me fijé que aún estaba el pequeño comercio de ultramarinos donde trabajaba el padre de Servandín. No puedo negar que todavía sigo siendo una persona muy curiosa, y que me entraron las ganas de ir a verlo.

La primera vez que vi al padre de Servandín me quedé tan sorprendido por su bulto rosado en la cara, que su hijo no calló y me confesó que a su padre lo iban a operar. La gran papada que tenía en el rostro era parte de las reacciones que sufría su cuerpo con las practicadas quimioterapias. Tampoco les negaré que después de escuchar esa historia me sentí tan culpable que le dejé mi balón nuevo y me fui directo a casa. Nunca más volví a saber sobre la vida de su padre, excepto cuando lo volvían a mencionar en la escuela. Todos relajaban a Servandín por su desfigurado padre.

Ahora me encontraba frente al establecimiento. Me gustaba la sensación de saber qué había pasado con la vida de esta familia; pero a la vez me sentí tan fuera de lugar que me marché.

Esa misma tarde le dije a mi padre que me gustaría que dibujara hombres sobrevivientes de cáncer y como si les hubieran operado la cara. Pero mi papá no comprendió lo que le estaba pidiendo y ni siquiera lo quiso intentar. Así que me entraron más ganas de ir a ver al padre de Servandín.

Al otro día, después de desayunar, me encarrilé a visitarlo.

Abrí la puerta y todo estaba igual como cuando lo visité por primera vez. Tenía el mismo color amarillo mostaza en las paredes, y los estantes llenos de comestibles. La diferencia estaba en que no había tanta clientela, y quien atendía en el mostrador era un muchacho flaco. Me acerqué y pregunté por el padre de Servandín. El chico cambió su semblante a uno muy serio. Me asusté. Él me preguntó que quién era yo para preguntar por su padre; y entonces comprendí que ese joven delgado era Servandín.

Después de explicarle quién era yo, y qué hacía de regreso en la ciudad, Servandín se disculpó, me saludó y me agradeció por haberle regalado aquella vieja bola. Luego quedamos en el café de la esquina; y así me puso al tanto:

-Mi padre murió hace par años porque quiso operarse el rostro. Le dolía verme sufrir por los comentarios que me hacían los chicos de la escuela, ¿sabes? Él deseo primero ser mi héroe, que escuchar la voz del médico. Su nueva apariencia le duró tres semanas. Sufrió una terrible infección.

Finalmente, Servandín me mostró una fotografía, y hasta el sol de hoy no puedo creer el aspecto con el que vivió su padre los últimos días.

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También puede ver: «Servandín» de Francisco García Pavón

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